Jose A. Pérez está en Twitter como @mimesacojea y es autor del blog 'Mi Mesa Cojea'.
Se termina 2011, un año bastante oscuro, y empieza 2012, que ciertamente no pinta mucho más luminoso. En estos tiempos es fácil caer en la melancolía y el derrotismo, así que permita que emplee esta columna, la última del año, para tratar de animarle un poco.
Probablemente conozca a alguien que considera que todo va a peor. Quizá usted opine así. Bueno, pues se equivoca. A pesar de los muchos pesares que recorren el planeta, el mundo es hoy un sitio mejor que ayer. No hay más que echar un ojo a los indicadores que de verdad importan. Cada década mueren menos niños, la esperanza de vida es cada vez más alta y estamos erradicando algunas enfermedades y volviendo crónicas otras que ayer eran mortales. Y todo eso es aplicable al Primer Mundo, al Segundo y también al Tercero. Pero -dirán los pesimistas- sigue habiendo enormes desigualdades. Y ciertamente las hay.
La desigualdad es, sin duda, la principal imperfección de este inevitablemente imperfecto sistema nuestro. Y la lucha contra esas desigualdades debería ser el motor de nuestra sociedad y, por tanto, también de la ciencia. Hay quien sostiene que la finalidad última de la investigación es la búsqueda del conocimiento, y que la ciencia no debe plegarse al fin práctico. Es una preciosa idea cuando tienes una cama y una nevera llena de comida. No me malinterprete, sé que la ciencia no puede (ni debe) arreglarlo todo, y nada más lejos de mi intención que exigir utopías a nadie.
Sería una estupidez pedir a los científicos -así, como colectivo- que acabasen con las desigualdades del mundo, como sería una estupidez pedírselo, por ejemplo, a los periodistas o a los camareros. Ésa es una labor global, donde todos los seres humanos, cada uno desde nuestra posición, debemos arrimar el hombro. También los científicos. Y los periodistas. Y los camareros. Y, disculpe la intromisión, usted.
El mundo es hoy mejor que ayer por la conjunción de muchísimos factores políticos, económicos, sociales y científico-tecnológicos. Piense esto mientras mastica la decimosegunda uva; quizá le ayude a tragarla. Confío plenamente en que, dentro de 50 años, alguien escriba una columna evidenciando que el mundo de 2061 es mejor que el de 2011. Que eso ocurra depende única y exclusivamente de nosotros. De todos nosotros.
Le deseo un feliz 2012.
Por Manu Arregi Biziola
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