De siempre nos han gustado las películas de Hollywood con final feliz. Y no solo nos gusta el premio, el beso y la boda de los buenos, sino que, además, necesitamos ver el castigo de los malos. Es curiosa esta manía que tenemos a los malos. Si meditamos sobre ello, los malos son malos porque se dedican a hacer maldades, y las maldades son actos antisociales, actos contra las personas, contra la comunidad, contra el grupo. Dañar a uno o a otro de los componentes del grupo es dañar a todos o, dicho de otra manera, socavar las alianzas que los individuos de nuestra especie establecen entre sí, en beneficio mutuo, en beneficio de la tribu. Quien con sus actos rompe estas alianzas, merece ser castigado por la comunidad.
Kiley Hamlin, de la Universidad de la Columbia Británica en Vancouver, Canadá, lo explica con una lógica muy simple: si alguien me ayudó en el pasado, me arrimo a él; si alguien me perjudicó o me hizo daño en el pasado, lo evito. O, incluso, si puedo, lo castigo. Infligir un castigo a un semejante por un acto antisocial activa nuestros mecanismos cerebrales de recompensa y hace que nos sintamos bien, pero que muy bien. Es lo que se llama castigo altruista y contribuye a la cohesión del grupo. Quien quiera meditar sobre ello, que vea la película 'El verdugo', de Berlanga.
En su investigación, Hamlin utiliza títeres con figuras de animales para demostrar que la distinción entre buenos y malos aparece muy temprano en el desarrollo de las crías de nuestra especie. Los títeres representan pequeñas historias de buenos y malos, de crimen y castigo. A los 5 meses, los niños ya prefieren a los personajes buenos y positivos; a los 8 meses, eligen a los buenos, pero, además, les gustan los títeres que castigan a los malos, les van los justicieros; y, a los 21 meses, si pueden elegir, dan un regalo (un bloque de goma) a los títeres buenos y evitan dárselo a los malos.
Seguro que, después de estas edades, la vida nos enseña mucho sobre bondades y maldades o, si se quiere, sobre actos antisociales, pero estamos bien preparados para aceptar lo que aprendemos pues, desde bebés, distinguimos con precisión a los buenos de los malos. Me viene de nuevo a la memoria Hollywood y sus películas del Oeste; aquéllos sí que eran buenos y malos fáciles de distinguir. Así nos hemos educado, con cuentos, tebeos, películas y libros que refuerzan lo que ya sabíamos desde muy tierna edad.
Por Manu Arregi Biziola
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