Un collar cuántico.Aitor Bergara es profesor de Física de la Universidad del País Vasco y miembro del Centro de Física de Materiales (CSIC-UPV)
Cuando apenas nos habíamos librado de las pulseras Power Balance, nos amenazan con la venta de collares cuánticos. Según la publicidad, sus virtudes consisten en "aislar radiaciones o incluso luchar contra las células cancerosas, reducir inflamaciones, retardar el proceso de envejecimiento...". Nada más, ni nada menos. Lamentablemente, no es un fenómeno aislado.
Cada vez es más frecuente la aparición de productos y tratamientos que aluden al reclamo de la mecánica cuántica. Nos ofrecen pulseras casi mágicas, tratan de engañarnos sobre las virtudes de la medicina cuántica e incluso es posible que intenten convencernos sobre los beneficios del agua cuántica para alcanzar nuestro equilibrio energético. Estos caraduras aprovechan la confianza que la sociedad tiene en la ciencia, así como el desconocimiento popular generalizado sobre estos temas, para engañar impunemente. Para que su mensaje resulte más creíble, habitualmente emplean un discurso pseudocientífico, intencionadamente engañoso y carente del mínimo rigor.
Recuerdo el estupor de uno de mis estudiantes de doctorado cuando descubrió por casualidad que uno de nuestros trabajos era citado por un sofisticado charlatán de feria para justificar su particular teoría de no sé qué efecto cuántico sobre la conciencia. "¡Pero si lo que dice no tiene nada que ver con nuestro trabajo!", lamentaba. Sin embargo, sus potenciales clientes siguen ajenos tanto a esta como a otras de sus innumerables mentiras.
Pero, ¿qué tiene la cuántica para que sea tan atractiva, incluso para estos estafadores?
La mecánica cuántica ha sido la teoría más influyente del siglo XX y es el principal código que los investigadores estamos utilizando para desvelar los próximos desarrollos tecnológicos. Si bien la física clásica, la del siglo XIX, explica fenómenos tan diversos como los eclipses solares, las mareas, la propagación del sonido y los rayos, a comienzos del siglo pasado se encontraron algunos flecos, fundamentalmente relacionados con los constituyentes básicos de la materia, en los que sus predicciones eran erróneas. El intenso trabajo desarrollado durante la primera mitad del siglo XX por físicos tan célebres como Planck, Einstein, Bohr, Schrödinger, Heisenberg, Pauli y Dirac consiguió establecer los principios de un nuevo paradigma que permitía explicar las incongruencias observadas.
Los átomos, que constituyen la base de esta misteriosa realidad en la que estamos sumergidos, son invisiblemente pequeños, un millón de veces menores que el diámetro de un pelo. Tan pequeños que nunca los podremos ver directamente con nuestros ojos, ni siquiera con el más potente de los microscopios ópticos que aún están por construir. Son tan diminutos que, si hiciéramos el experimento imaginario de poner en fila, uno tras otro, todos los átomos que hay en un dado de esos de jugar al parchís, ¡tendríamos una hilera que alcanzaría más de cien veces la distancia desde la Tierra hasta el Sol!
Las dimensiones del mundo cuántico son tan pequeñas que, a menudo, su comportamiento es radicalmente diferente a lo que estamos acostumbrados, e incluso puede parecer mágico. Por ejemplo, entre otras propiedades, las partículas cuánticas sufren de una inherente doble personalidad, ya que se comportan a la vez como ondas y partículas. Una de las consecuencias más curiosas es el denominado principio de indeterminación de Heisenberg, que esta- blece la imposibilidad de medir a la vez con precisión la posición y la velocidad de una partícula, y per- mite superar el rígido determinismo de la física clásica.
Otra consecuencia sorprenden- te derivada de la mecánica cuántica es que, si bien nosotros no podemos ir por ahí atravesando las paredes como fantasmas, para nuestra sorpresa, cualquier partícula de dimensiones cuánticas es capaz de hacerlo a pesar de no contar con la energía necesaria. Este efecto no solo se ha verificado experimentalmente, sino que constituye el fundamento del microscopio de efecto túnel. Este microscopio cuántico sirve tanto para obtener imágenes con resolución atómica, lo que permite extender los límites de nuestra capacidad visual, como para mover átomos de forma individualizada, siendo clave para el desarrollo de la nanotecnología, una de las áreas de investigación más prometedoras de la actualidad por sus enormes aplicaciones tecnológicas.
Podríamos citar otros muchos ejemplos, como el teletransporte cuántico y la superconductividad, que en ocasiones incluso trascienden el ámbito de lo diminuto para manifestarse en un gran número de aplicaciones que usamos a diario -como los chips de los ordenadores, las bombillas LED, el GPS, los paneles solares, el láser y técnicas de visualización médica como la tomografía atómica computerizada (TAC) y la resonancia magnética nuclear (RMN)- en las que las propiedades cuánticas habitualmente superan nuestra capacidad de compresión basada en la intuición de lo cotidiano, y nos parecen casi mágicas. Ahí reside el interés de los charlatanes, que ven en la mecánica cuántica el ámbito idóneo para justificar sus creencias, aunque sea utilizando argumentos pseudocientíficos irracionales.
A propósito, ¿qué hace usted para discernir lo cierto del engaño?
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