Aristófanes adoraba la risa hasta tal punto que dedicó su vida a la creación de comedias. Platón, sin embargo, detestaba reír y que los demás rieran; le parecía algo malévolo, sucio y estúpido. De Aristóteles no podemos decir lo mismo... aunque tampoco lo contrario. Dedicó a la comedia su segunda y célebremente desaparecida 'Poética', así que probablemente nunca sepamos lo que opinaba al respecto. A lo largo de la Historia, la risa ha ido fluctuando entre lo hermoso y lo vulgar, entre lo sublime y lo espantoso. El oscurantismo medieval condenó la risa al terreno de lo maldito (y, por tanto, de lo peligroso). Reír fue poco menos que un tabú hasta que, a partir del siglo XVII, un puñado de rebeldes, con Molière como gran maestro, osó desafiar la seriedad reinante con obstinada y graciosa insistencia.
Ya en el siglo XX, Sigmund Freud publicaba 'El chiste y su relación con el inconsciente', y Groucho Marx declaraba: "Lo malo del amor es que muchos lo confunden con la gastritis". La risa ya estaba lista para someterse al método científico.
Hasta la fecha, la ciencia ha desvelado interesantes datos relacionados con la risa (y con su variante laxa, la sonrisa). Ahora sabemos, por ejemplo, que un adulto ríe, de media, cien veces al día mientras que un niño lo hace trescientas. Sabemos que reír libera una serie de neurotransmisores en nuestro cerebro que producen placer; los mismos, por cierto, que se liberan cuando nos enamoramos o cuando comemos chocolate o cuando tenemos un orgasmo. La ciencia también ha descubierto que la risa hace que el dolor duela menos y que el estrés disminuya, convirtiendo la comedia en el único genero dramático con eficiencia terapéutica.
Hace tres años, un grupo de científicos ingleses, alemanes y estadounidenses hizo público un estudio verdaderamente sorprendente. Concluyeron que la risa, en contra de lo que siempre se ha creído, no es un atributo exclusivamente humano. Los investigadores demostraron que algunos simios, como los chimpancés y los orangutanes, también ríen (a su manera) cuando sienten cosquillas.
En el futuro la ciencia nos deparará, sin duda, nuevos e inesperados descubrimientos sobre la risa. Hasta entonces, procure reír todo lo que pueda: en casa, en el trabajo y hasta por la calle. Es bueno para la salud. Científicamente demostrado.
Por Manu Arregi Biziola
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