Guillermo Dorronsoro es vicepresidente ejecutivo de IK4 Research Alliance
Nuestro pasado industrial se explica de manera sencilla: teníamos cerca mineral de hierro, carbón, puertos, capital privado... Y una cultura emprendedora, muy práctica, con personas que supieron tejer todo un entramado productivo partiendo de esa ventaja que nos daban los recursos naturales.
Nuestro presente lo hemos tenido que trabajar un poco más: las reconversiones siderúrgica y naval, y la crisis de los recursos energéticos nos obligaron a transformar en profundidad nuestra estructura productiva. Por fortuna, contábamos con personas muy bien formadas, y también con empresarios con visión que habían sabido invertir y diversificarse en nuevas actividades industriales y de servicios en los que éramos muy eficaces. Esas bases y un conjunto acertado de políticas de calidad y de competitividad, con visión a medio y largo plazo, y apoyadas en la colaboración público-privada, han servido para que Euskadi trace una trayectoria de transformación que hoy en día se pone como ejemplo en las universidades de todo el mundo.
Saber aprovechar nuestras ventajas, invertir con visión de futuro y tener un proyecto compartido es la receta que ha ido pasando de generación en generación, la que nos ha traído hasta aquí: nos toca ahora el turno de cocina.
¿Qué ventajas tenemos ahora? Dos valiosísimas, que todos los países avanzados matarían por tener: una base industrial sana y una infraestructura científico-tecnológica en desarrollo. La primera, una herencia que hemos sabido conservar cuando en muchos lugares han dilapidado. La segunda, una realidad que hemos ido construyendo partiendo de la nada, trabajando con coherencia a lo largo de tres décadas.
El futuro de la economía pasa en los países avanzados por ser capaces de desarrollar la nueva Industria del Conocimiento. Una industria que incorpora conocimiento tecnológico avanzado en sus productos y procesos, que sabe convertir en actividad económica los últimos avances científicos, que construye a su alrededor un tejido de servicios avanzados, que capta el talento global, que tracciona de las nuevas cadenas de valor de todos los sectores, creando constantemente nuevas oportunidades de negocio.
Sin duda, tenemos muchas más cosas de las que sacar partido: tenemos personas creativas y formadas, tenemos una cultura que es un tesoro, tenemos paisajes naturales y un clima muy agradable, tenemos un sistema de ciudades que se ha convertido también en referente global de transformación ciudadana, hemos sabido hacer de nuestra gastronomía un activo de gran valor... No te engañes, ninguna de ellas tiene la capacidad de mantenimiento y creación de riqueza y empleo de la combinación de industria y conocimiento, y prueba de ello son las regiones que lideran la economía europea y americana en estos momentos. No hay desempleo en las regiones de la industria del conocimiento.
Y, si ya tenemos esas ventajas, ¿en qué más tenemos que invertir? Primero, en reforzarlas, en consolidarlas: lo que hoy es una ventaja dentro de una década puede dejar de serlo porque todos los países han empezado a correr esta carrera. Tenemos que apoyar nuestra industria con una política industrial activa y comprometida, y tenemos que alcanzar una inversión en generación de conocimiento, en talento, al mismo nivel que las regiones líderes en Europa a las que hacía referencia hace unos momentos, en el entorno del 3% del PIB.
Segundo, en combinarlas, respetando las dinámicas de generación de conocimiento y las de su aplicación industrial, que son complementarias. Intercambiando personas entre el mundo de la ciencia y la tecnología y el mundo de la empresa, fortaleciendo las relaciones entre ambas, superando los estereotipos de unos y otros, trabajan- do juntos.
Me decía Bengt Lundvall, uno de los académicos europeos más prestigiosos en estos temas, que para él las claves del siglo XXI eran dos muy sencillas: invertir en generar conocimiento, e invertir en una sociedad innovadora, capaz de transformar ese conocimiento en riqueza. Añadiría una inversión, que estaba también escrita por la parte de atrás de la receta que nos dejaron nuestras madres y padres, y se nos ha quedado un poco olvidada. Son la solidaridad, el esfuerzo, el trabajo bien hecho, la honestidad, la sinceridad, la humildad... Sí, tenemos que invertir en recuperar los valores que han sido nue tros.
Y, si vienen los recortes, acuérdate de cómo tus padres se quedaban sin cenar para poder pagar tus estudios, y mira lo que toca recortar, no vayas a equivocarte.
Aprovechar nuestras ventajas, invertir con visión a largo plazo... ¿qué me falta en la receta?
La sal del proyecto compartido: recuperar la confianza de los unos en los otros. De la industria en la ciencia y la tecnología, de la empresa en la universidad, de la universidad en los centros tecnológicos, y viceversa. De los ciudadanos en las instituciones y de los políticos entre ellos mismos. De los empresarios en los trabajadores, y de los trabajadores en los empresarios. De los hijos en los padres. No vamos a dejarles un mundo peor del que nos hemos encontrado.
¿Qué no te acuerdas de dónde has dejado la sal? Anda, apaga un momento la televisión de la cocina, abre el cajón en el que guardas las recetas que trajiste de casa de tus padres y busca ésta, seguro que la encuentras: 'Para ganar el futuro'. Llama a tu familia y a tus amigos y saca el delantal, que nos toca cocinar y este plato, es el de nuestra vida.
Por Manu Arregi Biziola
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