Begoña Ochoa es directora de Política Científica Del Gobierno vasco
Pocas líneas de pensamiento han calado tanto en la sociedad actual como que la ciencia, en su sentido más amplio, junto con la educación y la economía, es la clave para alcanzar y consolidar una sociedad avanzada, competitiva y sostenible, basada en el conocimiento. La investigación y el desarrollo científico y tecnológico son condición necesaria para la prosperidad, "el mejor salvavidas de la economía", en palabras del premio Nobel de Economía Gary Becker.
Pero, además del enfoque económico, se debe remarcar el valor intrínseco que tiene la ciencia encarando la frontera del conocimiento. La calidad de vida de la que disfrutamos, los espectaculares avances médicos y sociales, se la debemos a la actividad investigadora de un ingente número de científicos destinada a descifrar lo desconocido. Sin embargo, la actividad como profesional de la investigación ha sido, y sigue siendo, socialmente poco valorada. Pocos han tenido un reconocimiento público.
Adquiere una especial relevancia social dejar constancia de todo lo anterior hoy, en plena travesía por esta demoledora crisis de las mil caras. Hoy, porque, desbordados por los problemas del presente, corremos el riesgo de olvidarnos de garantizar el futuro. Nuestros hijos deben ser los actores principales del hoy y el mañana de la actividad científica, de- ben percibirlo así y ser preparados para ello. Me surge la duda de si la Administración, las familias, los centros educativos y los medios de comunicación, cada agente con su particular cuota de responsabilidad, estamos diseñando los instrumentos oportunos para que así sea.
Es necesario que la ciencia sea más valorada entre los jóvenes si queremos tener futuro como país. Es necesario formar en ciencia a los actores del mañana, proporcionándoles una formación sólida y los recursos adecuados para un desarrollo profesional investigador ilusionante y competitivo. Y requisito para ello es consolidar un potente sistema vasco de ciencia y tecnología.
Según los datos de un estudio reciente acerca de la 'Percepción de la ciencia y la tecnología en la juventud del País Vasco', en el que han colaborado Elhuyar Fundazioa, el Departamento de Educación, Universidades e Investigación del Gobierno vasco, y la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco, y en el que se encuestó a más de 2.000 estudiantes de entre 10 y 18 años de 99 centros educativos, un 46% de la juventud muestra mucho o gran interés por la ciencia y la tecnología. No son datos negativos, pero sí mejorables, y desazona que se mantengan ciertos estereotipos. A los chicos lo que más les interesa es el deporte, seguido muy de lejos por las ciencias, mientras que a las jóvenes les atraen el deporte y los asuntos relacionados con el 'famoseo'. En términos globales, la ciencia y la tecnología figuran en cuarto lugar. El estudio revela extremos gratificantes para el ámbito educativo. En general, los alumnos tienen una visión positiva de la educación que reciben en ciencia y tecnología, y de su profesorado. Además, todos creen que merece la pena estudiar ciencia y tecnología para encontrar un trabajo.
Sin embargo, es una cuestión preocupante que nuestros jóvenes no se vean a sí mismos como investigadores, mientras que se consideran beneficiados por la actividad científica y el desarrollo tecnológico de otros. Entre las once profesiones que se les proponen en el sondeo, la de investigador queda sexta y séptima -hombres y mujeres-. Paradójicamente, se ven como deportistas. La valoración social, amparada por los me- dios de comunicación y otros agentes, sitúa en escalas muy distintas a deportistas y científicos. La sociedad está transmitiendo a la juventud valores sobre los que hay que reflexionar, encumbrando merecidamente a deportistas, pero dejando de lado otras profesiones exigentes, imprescindibles para consolidar los cimientos del país.
Euskadi es un país pequeño que nunca va a poder competir en términos cuantitativos. Tiene que buscar la primera línea por su valor añadido, sin olvidar que nuestra puesta en escena ha empezado tarde y que para mantenernos hemos de avanzar más rápido que los demás. Necesitamos crear conocimiento y aumentar nuestra cualificación en lo científico y lo tecnológico.
Pero así son nuestra sociedad y nuestro entorno: mientras Manuel Alcántara sostenía que "los españoles nos hemos refugiado en el deporte", la doctora Maier Lorizate, una joven investigadora vasca, difundía el descubrimiento de una molécula implicada en la propagación del virus del sida. Los aires son de esperanza. Nuestra juventud tiene un interés razonable por la ciencia y la tecnología, aunque se precisa de una reflexión social de cara a mejorar el reconocimiento de la investigación, que proponga a los jóvenes unas bases del procedimiento científico y un entorno atractivo que les hagan considerar que pueden ser protagonistas de una carrera científica por escribir. Casos como el de la doctora Lorizate demuestran a la sociedad que se puede ser feliz aportando 'simplemente' conocimiento. El hecho de que ello suponga riqueza en Estados Unidos, pero sueldos del montón en España, es otro extremo de esta reflexión que también habría que abordar.
Por Manu Arregi Biziola
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