Soldados norcoreanos. / ReutersSomos como somos, mal que nos pese y aunque nos cueste aceptarlo. Para nuestra especie, la guerra es un acontecimiento cotidiano, aquí y allá en el planeta, ahora y antes, y seguro que después, en el tiempo. Y la guerra es salvaje y brutal; después de todo, se trata de matar. Los antropólogos que estudian sociedades consideradas primitivas cuentan, como algo habitual después de la matanza, la toma de trofeos de los enemigos muertos: cabezas, cabelleras, dedos, manos, penes, narices, orejas y demás. Ocurre en culturas poco desarrolladas; en nuestro civilizado Primer Mundo, estas cosas no suceden. Esto podíamos creer los que nunca hemos vivido una guerra hasta que Simon Harrison, de la Universidad del Ulster, nos ha demostrado lo contrario. No sé por qué, pero había olvidado a los gurkas del imperial ejército británico y sus famosas colecciones de orejas.
Nuestros civilizados soldados también toman trofeos, como todos, y Harrison asegura que esta conducta no se puede excusar en un trauma posterior a la batalla. Es más, cuando los soldados le cuentan como obtuvieron los trofeos revelan dos peculiaridades de su conducta: se refieren a los enemigos como pertenecientes a otra raza y utilizan la terminología de la caza para relatar cómo los derrotaron. Somos, como especie, miembros de una familia, de un clan, de una tribu, en definitiva, de un grupo, y no nos cuesta mucho encontrar enemigos a los que masacrar, después de considerarlos diferentes, de otra raza, de otra tribu, de otro clan, de otra familia. Y, cuenta Harrison, cuanto más lejano situemos al enemigo, más trofeos tomaremos de su cadáver.
Así, en la Segunda Guerra Mundial, en Europa, los cuerpos de los enemigos quedaban intactos mientras que, en el Pacífico, la toma de trofeos era habitual y más de un soldado estadounidense volvió a casa con algún cráneo japonés. Algo parecido ha ocurrido con las tropas de la OTAN desplegadas en la antigua Yugoslavia y en Afganistán: en Yugoslavia, sin trofeos; en Afganistán, con más de un cadáver profanado.
Como ven, a pesar de lo que queremos creer, tanto no hemos cambiado desde las sociedades primitivas hasta la nuestra, tan decente y civilizada. La guerra es igual de brutal, los enemigos siguen siendo los enemigos y el objetivo es acabar con ellos como sea. Y celebrarlo después. No ha habido tiempo para que 5.000 años de civilización oculten 100.000 años de evolución y adaptación al medio. Aunque, y en esto sí que creo, hay que seguir intentándolo.
Por Manu Arregi Biziola
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