Para jugar al ajedrez, además de conocer las piezas con las que contamos, necesitamos saber las reglas. Sin embargo, la caja del juego del Universo tenía un libro de instrucciones en blanco y las piezas elementales estaban ocultas. Los humanos hemos asumido el enorme reto que implica desentrañar las claves de este juego tan especial. Para ello, hemos desarrollado una estrategia que está dando sus frutos, el método científico, y cada día escribimos unas líneas en este libro de instrucciones, aunque me temo nunca llegaremos a escribir la última.
El modelo estándar es una de las páginas doradas en este libro de instrucciones. Fue propuesto hacia finales de los 60 y comienzos de los 70 con el propósito de unificar tres de las fuerzas fundamentales -la electromagnética, la nuclear débil y la fuerte-, así como las partículas elementales que forman la materia. Constituye un paso previo a lo que se ha denominado la Teoría del Todo, una vez que se consiga incorporar la cuarta fuerza, la gravitatoria. Los experimentos han ido confirmando los diferentes ingredientes del modelo estándar. Sólo se resistía uno de los más importantes, el mecanismo que explica el origen de la masa. Si las partículas no tuvieran masa, como los fotones, se moverían a la velocidad de la luz y no se hubiera formado nada de lo que vemos a nuestro alrededor. No existiríamos.
En 1964 varios grupos de investigación, uno dirigido por Peter Higgs, sugirieron un mecanismo para explicar el origen de la masa. Propusieron la existencia de un campo, denominado de Higgs, que cubriría todo el universo. La masa surgiría por el rozamiento de las partículas al desplazarse en ese campo. Pero ¿cómo se puede detectar experimentalmente el campo de Higgs? En el LHC (Gran Colisionador de Hadrones), hacen colisionar haces de protones y antiprones que sacuden el campo de Higgs con la energía suficiente para hacerlo vibrar, como si fuera gelatina. Al igual que los fotones surgen de la vibración del campo electromagnético, si existiera el campo de Higgs, la vibración causada por esta sacudida debería crear una nueva partícula: el bosón de Higgs. Su búsqueda se ha prolongado durante más de 30 años, convirtiéndose en un quebradero de cabeza para los físicos de partículas. Tanto que Steven Weinberg, uno de los padres del modelo estándar, la denominó maldita ("goddam particle"), circunstancia que los afines al marketing acientífico aprovecharon para acortar el nombre ("god particle") y atribuirle un carácter cuasidivino.
El miércoles terminó esta angustia. El auditorio del CERN ya estaba abarrotado a las 9 de la mañana. La tensión se convirtió en alegría cuando se anunció el descubrimiento de una nueva partícula, consistente con el bosón de Higgs, que permitiría completar el puzle del modelo estándar. Peter Higgs, en la sala, no podía contener la emoción al comprobar que la idea gestada de él y sus colegas recibía la confirmación experimental.
Aún queda mucho trabajo por hacer, pero la página que los científicos del CERN escribieron ayer en el libro de instrucciones del Universo, que es patrimonio de todos, tiene un brillo especial.
Por Manu Arregi Biziola
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