El arqueólogo Javier Franco, en primer término, junto a uno de los hornos de Callejaverde. Pedro UrrestiUn equipo del Museo de la Minería del País Vasco ha concluido el censo de las primeras fundiciones vascas después de ocho años de rastreo por los montes vizcaínos. «Cuando empezamos en 2002, sólo se conocían 49 ferrerías de monte. Nosotros hemos censado 163 y encontrado restos de otras 40», explica el arqueólogo Javier Franco, responsable de un proyecto que han financiado el Gobierno vasco, la Diputación de Bizkaia y Euskotren.
Las ferrerías de monte funcionaron en la cornisa cantábrica entre el siglo III y finales del XIII, cuando comenzarons a ser reemplazadas por las hidráulicas. Eran muy sencillas. El horno consistía en un agujero en el suelo rodeado por una pared cónica de arenisca, revestida en el interior de arcilla y con una tobera para la entrada de aire. Se llenaba con capas alternas de mineral y carbón vegetal, y el calor hacía que el metal se separara de la ganga. No eran muy eficientes: la escoria podía contener hasta un 50% de hierro. Aún así, se producía el suficiente metal para abastecer a la población de aperos, armas y otros útiles.
Yacimientos humildes
«Son yacimientos de muy difícil lectura, ya que se encuentran en lugares aislados y son efímeros y humildes», dice el historiador. A simple vista, es la escoria lo que revela que puede haber un horno en las inmediaciones. «Lo que vemos sobre el terreno son los túmulos de escoria. El patrimonio minero está enterrado». Cuando el equipo del museo minero comenzó su trabajo en 2002, se buscaban las ferrerías de monte siguiendo las pistas que propuso hace 150 años el impulsor de la arqueología minera, Louis Laurent Simonin: la escoria y los restos del horno.
Ya no es así, gracias al grupo dirigido por Franco, formado por la geóloga Amaia Méndez; el técnico medioambiental Aitor Uriarte; y Miguel Alonso y Nemesio Freije, dos auxiliares de campo «que conocen a la perfección este tipo de yacimiento y los bosques vizcaínos». Lo primero de lo que se dieron cuenta es de que no todo el mineral de hierro de Bizkaia era apto para el uso de los ferrones, y luego de que tenía que haber cerca de esas instalaciones fuentes de agua, para el revestimiento interior de arcilla del horno, y madera en abundancia.
«La ferrería típica está en un pequeño rellano del monte, a menos de 100 metros de un curso de agua y orientada de tal modo que la escoria caiga ladera abajo». Es algo que se ignoraba hace ocho años y una de las cosas que Franco y su equipo han averiguado gracias a un trabajo arqueológico extensivo, de prospección, y no intensivo, de excavación. «En este caso, la clave ha sido conocer primero un poco de muchos en lugar de mucho de uno para obtener una visión de conjunto». De hecho, sólo se ha excavado un yacimiento, el de Callejaverde, en Muskiz, donde se han encontrado restos de un horno del siglo XIII y otro pendiente de datación. «Es el único yacimiento de este tipo abierto en el Cantábrico. Y hemos experimentado con nuevos sistemas de teledetección antes de ponernos a excavar».
El equipo del museo minero ha descubierto, entre otras cosas, que el nombre en euskera de estos hornos -'haizeolak' (ferrerías de aire)- no se corresponde exactamente con la realidad del territorio vizcaíno. Este tipo de instalación se bautizó en Guipúzcoa como 'haizeola' porque se creía que el horno se ubicaba allí donde soplaba el viento, para avivar las llamas. Sin embargo, Franco y sus colaboradores han encontrado en Bizkaia restos de ferrerías en laderas protegidas del viento y hasta en el fondo de valles.
Mil años de historia
La realidad es que los hornos se levantan donde hay madera y agua en abundancia, y hierro relativamente cerca. «Es más fácil llevar el mineral adonde está la madera que al revés», indica el arqueólogo. Él y su equipo conocen ahora los montes vizcaínos palmo a palmo y han identificado en ellos más de una veintena de yacimientos en buen estado, que se han salvado de los daños ocasionados por el tiempo y las explotaciones forestales.
«Estamos hablando de una historia de mil años de un sistema de producción de hierro que probablemente ya se utilice con anterioridad y se solape aún con posterioridad a la introducción de la energía hidráulica durante un tiempo», indica. Su grupo ha identificado en Las Encartaciones, por ejemplo, más de 120 talleres tardoantiguos y medievales, pero no ha encontrado aún ni rastro de los lugares donde vivían aquellos hombres y mujeres. «Se sabe muy poco de los primeros mineros y ferrones, pero estamos en el buen camino», dice Franco, que ya ha presentado los resultados de su trabajo, pionero en España, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
Las falsificaciones como el 'hombre de Piltdown' y las tablillas de Glozel han sido un fenómeno constante en la historia de las excavaciones.
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