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Historia

Grandes mentiras arqueológicas

Las falsificaciones como el 'hombre de Piltdown' y las tablillas de Glozel han sido un fenómeno constante en la historia de las excavaciones

Julio Arrieta - 23/08/2011
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Grandes mentiras arqueológicas Una de las tablillas de Glozel.

 El escándalo de los hallazgos fraudulentos de Iruña Veleia ha vuelto a demostrar que en arqueología no siempre es oro todo lo que reluce. En el País Vasco no hay que remontarse muy atrás para encontrar otra falsificación, la de la cueva de Zubialde, también en Álava, en la que aparecieron en 1991 una serie de supuestas pinturas prehistóricas que resultaron ser obra de uno o varios falsarios. Se trata de dos casos muy llamativos, que sin embargo no son hechos aislados. Forman parte de una cadena de imposturas que han afectado a la arqueología desde su nacimiento como disciplina científica.

A principios de los años 30 el volumen de falsificaciones era tan considerable que el experto francés André Vayson de Pradenne pudo dedicar toda una monografía al asunto, 'Les fraudes en archéologie préhistorique' (1932). Este prehistoriador emprendió su investigación motivado por el 'affaire Glozel', que todavía hoy es considerado el engaño arqueológico más sonado de la historia.

El 1 de marzo de 1924, el campesino Claude Fradin y su nieto Emile, de 17 años, trabajaban en un terreno de la aldea de Glozel, a unos 17 kilómetros de Vichy (Francia), cuando descubrieron una tumba con restos humanos y varios artefactos. Un médico aficionado a la arqueología, el doctor Antonin Morlet, se hizo cargo del yacimiento, empezó a excavarlo y obtuvo todo tipo de restos: huesos tallados, piezas de sílex y unas tablillas de barro con textos en una escritura desconocida. Si Morlet estaba en lo cierto, Glozel conservaba los restos de la primera civilización dotada de escritura, hace la friolera de 14.000 años.

Glozel obtuvo la bendición de varios sabios, entre ellos del célebre arqueólogo Louis Capitan, por lo que el yacimiento se convirtió en la sensación del momento. El lugar fue objeto de una guerra de trincheras, con docenas de arqueólogos -tanto académicos como aficionados- excavando codo con codo y en ocasiones a codazos. Un enfrentamiento entre Capitan y Morlet hizo que el primero retirara su apoyo al segundo y se pasara al bando de los críticos, que habían empezado a observar ciertas 'anomalías' en los hallazgos, como que uno de los renos grabados en un hueso parecía calcado de otro publicado en un libro. El hecho de que la 'escritura misteriosa' fuera una mezcla de alfabetos conocidos hizo dudar a más de un experto. La polémica entre glozelianos y antiglozelianos fue subiendo de tono y acabó en los juzgados, pero el caso no se cerró del todo hasta 1995.

Un informe del Ministerio de Cultura francés determinó que en Glozel alguien había mezclado piezas claramente falsas con un revuelto de objetos que iban desde la Prehistoria a la Edad Media. La identidad del falsificador todavía es una incógnita.

El hombre orangután

El otro gran fraude sin resolver es el del 'hombre de Piltdown'. Los restos de este eslabón perdido de pega aparecieron en una gravera en 1912. Se trataba de unos fragmentos de cráneo humano y de una mandíbula de aspecto simiesco, que una vez unidos parecían pertenecer a una especie desconocida. A pesar de que alguna voz crítica llamó la atención sobre la extrañeza de los restos el fraude se mantuvo hasta 1949, cuando una serie de pruebas científicas demostraron que el 'hombre de Piltdown' era la mezcla del cráneo de un hombre corriente y una mandíbula de orangután. La mayoría de expertos achaca el fraude a Dawson, aunque algunos científicos apuntan a otros sospechosos, entre ellos Arthur Conan Doyle, el autor de Sherlock Holmes, y el jesuita Pierre Teilhard de Chardin.

Aunque la arqueología ha progresado como ciencia, se siguen produciendo casos muy parecidos a los que estudió Vayson de Pradenne. Entre los más sonados destaca el de Shinichi Fujimura, un arqueólogo japonés que 'plantaba' de madrugada los artefactos prehistóricos que desenterraban sus colaboradores durante el día. Fujimura fabricó yacimientos enteros que 'demostraban' la presencia humana en el archipiélago japonés hace más de medio millón de años. Pillado in fraganti por unos reporteros en noviembre de 2000, el arqueólogo reconoció su culpabilidad, pidió disculpas y explicó que «había sido víctima de la tentación».

¿Por qué suceden estas cosas? ¿Qué razones mueven a los falsarios? Hace más de 80 años Vayson de Pradenne apuntaba al afán por obtener un hallazgo destacable y obtener prestigio como una de las principales causas del fraude arqueológico. En otros casos, los expertos apuntan a sabotajes en los que el falsificador pretende dejar en ridículo al defensor del hallazgo. Para muchos autores ese pudo ser el caso de Piltdown.

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