Francisco J. Hernández es físico. Actualmente reside en Reino Unido, donde lleva a cabo su trabajo de investigación en el grupo de neurobiología del Departamento de Zoología de la Universidad de Cambridge.
Hace una semana escribí en mi blog personal una reacción al anuncio del nuevo gobierno de disminuir la partida para I+D+i. El tijeretazo, de 600 millones de euros, constituía el tercer ataque consecutivo a la financiación de la ciencia española en los últimos años. La infraestructura científica desarrollada en los años de bonanza estaba en peligro, un capital humano que se perdería para siempre.
Al tiempo, apareció la publicación en el BOE de la partida asignada a la Iglesia Católica por la casilla de la declaración de la renta. Esta partida no había disminuido y amenazaba incluso con aumentar el siguiente año, debido al incremento de los tipos del IRPF. De la relación entre ambas noticias surgió una idea: quizá la ciencia necesita también su propia casilla, para compensar así parcialmente los castigos sufridos.
No es que quiera acudir a la caridad de los ciudadanos, pero es que si continúa esta situación, igual la necesitamos. En el fondo, no es algo completamente descabellado, y es algo que ya se lleva a cabo en otros países europeos. En Reino Unido, las "charities" tienen su importancia a la hora de financiar la ciencia, y en Francia, los "téléthons", programas especiales de televisión, recaudan donaciones para la investigación médica.
En cualquier caso hay que tener claro que, si pedimos, no es sólo por nosotros mismos. Quien piense que invertir en ciencia es algo meramente altruista, se equivoca por completo. Si queremos ser competitivos (y no cabe duda de que el presente gobierno está obsesionado con la competitividad), podemos trabajar mejor, o más barato. Renunciar a la innovación significa, desgraciadamente, que estamos eligiendo la segunda opción. Adquirir las tecnologías de otras naciones no es una alternativa real, ya que tiene un precio; y si las han desarrollado los científicos que preparamos en nuestro país y luego mandamos al exilio, uno doble. ¿Quién no daría su 0.7% para evitarlo?
No negaré que la idea pueda llegar a ser inadecuada, insuficiente o incluso impracticable. Sin embargo, pese a todos sus defectos, tiene una gran virtud: la de haber cumplido gran parte de sus objetivos mucho antes de presentarse. Decenas de miles de ciudadanos ya han marcado su propia casilla de apoyo a la ciencia, firmando y divulgando esta propuesta. Nuestros líderes deberían escuchar, y hacer el resto.
Las falsificaciones como el 'hombre de Piltdown' y las tablillas de Glozel han sido un fenómeno constante en la historia de las excavaciones.
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