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REPORTAJE

¿Almas de metal?

Queda poco para 2019 y no parece que vaya a haber necesidad de ningún complejo test para distinguir a humanos de máquinas

Ander Carazo - 26/03/2012
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La ciencia ficción siempre ha sobrevalorado al ser humano. Ni de lejos hemos alcanzado los objetivos que de nosotros se esperaban. Si Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick hubieran acertado con sus pronósticos, en 2001 habrían existido computadoras capaces de atesorar un poder casi absoluto y con sentimientos. Nada de eso sucedió. Cualquiera que haya vivido en aquellos años sabe que un ordenador equipado con un Pentium III en nada se parece al gran villano HAL 9000.

Quedan todavía siete años para 2019, pero parece harto difícil que necesitemos el complejo test de Voight-Kampff para que los 'blade runners' determinen si alguien es un replicante -un robot humanoide- o una persona, como mostró Ridley Scott en una de sus obras maestras. Robots y humanos se distinguen hoy en día a simple vista. Las promesas del cine y la literatura aún quedan lejos, pero ese 'retraso' en la robótica no responde a un desinterés por avanzar en este área o a que sea una disciplina demasiado moderna.

La antigua Grecia

Llevamos siglos fascinados con máquinas capaces de imitar nuestras funciones. En la antigua Grecia, ya se construían pequeños dispositivos que realizaban movimientos animados por medio de poleas hidráulicas. Desde entonces, muchos de esos robots han sido antropomórficos. "El afán por crear artilugios a nuestra imagen y semejanza es una constante", sostiene Ramón López de Mántaras, director del instituto de Inteligencia Artificial del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Atenas fue la cuna de la palabra 'automatos' (esclavo), pero hubo que esperar casi dos milenios hasta que se acuñó 'robot'. En 1921, el dramaturgo checo Karel Capek utilizó esa palabra en su obra 'RUR' y, cinco años después, fue popu- larizada gracias a la película 'Metrópolis', de Fritz Lang.

A principios de los años 40, el escritor y bioquímico estadounidense Isaac Asimov hizo de sus tres leyes de la robótica el eje de los relatos de su libro 'Yo, Robot'. Dicen: "Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley".

El robot de Leonardo

Hasta comienzos del siglo XIX y la invención del telar de Jacquard, el uso de los robots era meramente lúdico. Solo se construían artilugios que daban las horas -como el gallo de Estrasburgo y el papamoscas burgalés-, mecanismos que reproducían comportamientos animales -el pato de Vaucanson- o aparatos como el león mecánico de Leonardo da Vinci para entretener a Francisco I, rey de Francia.

La robótica despegó tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se crearon las primeras máquinas de control numérico y las telemanipuladoras, que reproducen el movimiento de un mando maestro y que fueron útiles para trabajar con productos radiactivos. Para Itziar Cabanes, profesora del Departamento de Sistemas y Automática de la Universidad del País Vasco, es entonces cuando los robots empiezan a tener "un fin válido para la sociedad".

"Los robots se comenzaron a aplicar en labores fatigosas para las personas, y de forma más eficiente. Con estos avances, se busca acabar con esa imagen de Charles Chaplin en 'Tiempos modernos', que, después de ocho horas en la cadena de montaje, salía a la calle y seguía apretando las tuercas", bromea Miquel Barceló, catedrático de Lenguajes y Sistemas Informáticos de la Universidad Politécnica de Cataluña y una autoridad en el mundo de la ciencia ficción.

En la década de los 50, John McCarthy inventó el término 'inteligencia artificial' para referirse a la ciencia e ingeniería de hacer "máquinas inteligentes, especialmente, programas de cómputo inteligentes". Este concepto provocó que se disparasen las expectativas y que, en cierta manera, los proyectos se alejaran de la realidad. "Si lo hubiésemos llamado inteligencia ortopédica, la gente hubiera tenido más claro a qué atenerse", escribió John Haugeland, del Instituto Tecnológico de Massachusetts en 1985. Y es que, hasta comienzos de los 90, se invirtió en "proyectos demasiado abstractos y poco efectivos", explica Barceló.

Han transcurrido poco más de 60 años desde aquellos primeros pasos, las 'máquinas' ya han conseguido apoderarse de las cadenas de montaje, su utilización en diversos sectores está normalizada y se aplican habitualmente en la exploración espacial. Nuestro último emisario robótico a otro mundo, 'Curiosity', despegó en noviembre hacia Marte. En España, se calcula que hay alrededor de 30.000 robots industriales y, en todo el mundo, la cifra alcanza los 1,2 millones. Pese al recibimiento hostil de una buena parte de la sociedad, Cabanes es clara y cree que estas máquinas "siempre nos ayudarán, pero nunca van a conseguir sustituirnos".

El país que cuenta con mayor número de autómatas es -¡cómo no!- Japón. Las miras de los investigadores nipones están más centradas en los modelos humanoides. El ejemplo más claro es Asimo, de Honda, que en su última aparición pública demostró que es capaz de andar, correr, subir escaleras, bailar, saltar a la pata coja, brincar, reconocer tres voces que hablen a la vez y, además, servir un zumo. Todo ello, de forma independiente y sin la participación humana.

Loreto Susperregi, investigadora de la unidad de Sistemas Autónomos e Inteligentes de Tekniker-IK4, indica que este fenómeno se debe al "rápido y masivo envejecimiento" de la sociedad nipona. Por su parte, López de Mántaras recuerda que, en los siglos XVIII y XIX, los autómatas con forma humana ya jugaban "un papel muy importante en el teatro y los actos religiosos" japoneses.

Lejos de lo esperado

Uno de los principales problemas está en la convivencia de máquinas y humanos en los mismos espacios. Para eso, es necesario un importante avance en el desarrollo de los sensores, ya que, como apunta Susperregi, los robots son "tan inteligentes como lo que perciben". Esta investigadora considera que Kinect -el dispositivo que permite a los usuarios controlar e interactuar con la Xbox de Microsoft sin necesidad de tener contacto físico con la consola- ha sido de gran ayuda y permitirá grandes avances en los próximos años, ya que es una herramienta "barata" que puede utilizarse para detectar movimientos y gestos.

Desde que los griegos crearon los primeros autómatas, uno de los grandes miedos ha sido que las máquinas se rebelen contra sus creadores. De hecho, Asimov enunció las tres leyes de la robótica para proteger a los humanos de sus propios inventos. Pero, de momento, un robot mecánico solo puede dañar a quien sea imprudente.

Mántaras confía en que uno de los campos en los que se verán pronto grandes avances será el doméstico, pero, en este sentido, la ciencia ficción también ha fallado en sus cálculos. Según la película 'El hombre bicentenario' -que está basada en un relato de Isaac Asimov-, en 2005 deberíamos haber tenido la posibilidad de disfrutar de androides preparados para hacer las tareas domésticas como el modelo NDR, también conocido como Andrew y que interpretaba Robin Williams. Aquel año quedó atrás y, de momento, nos tenemos que conformar con las unidades de limpieza aspiradora (Roomba y Navi- bot) o los ya populares robots de cocina.

En ese filme -como en 'WallE', 'Blade Runner', 'Inteligencia Artificial' y la más reciente 'Eva'-, se habla de la posibilidad de que los robots tengan sentimientos. "Ese es un campo en el que no se está trabajando, pero sí hay una investigadora en Estados Unidos que está realizando importantes avances para que el ordenador detecte la situación emotiva en la que se encuentra su interlocutor para utilizar un determinado tono", explica Miquel Barceló. López de Mántaras es mucho más ta- jante. Duda de que, en el futuro, haya robots que actúen y piensen sin intervención humana, pero, de ser factible, considera que "tendrían que ponerse límites éticos a esa posibilidad".

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